miércoles, 20 de junio de 2018

Funeral



FUNERAL

Caronte, el barquero


No quiero barca, corazón barquero,
Quiero ir andando por el mar al puerto.
RAFAEL ALBERTI.

¡Oh mi Ser, estás allí sometiendo la jauría de sombras!,
guiando las horas desde el faro sobre la crecida ola,
caporal de mis sombras augurales.
Devuelves la identidad y la patria, los campos y
la hoja ondulante de la libertad en tu pecho, en tu molde claroscuro,
donde mis manos te van dando vida desde la simiente.
¡Oh mi Ser! ¡Espejo, ópalo, mineral, forma de mis formas!
Esta condena de beberse los bofes de cara al sol tras el llanto de costillas,
me envuelve los pies con un manto sibilino.
Y danzan agujas a la altura de la pena, cuando caen los sueños en el polvo…
¿Dónde está tu brillo, dónde estás tú, qué hace tu espalda lacerada en mi lecho?

En mi barca cabe mi juego de serpientes y estas monedas herrumbradas de miseria.
¡Vuelve a la orilla! Vuelve y corta la voz para mirarme solamente
como una sombra sola, como el espectro que mira su reflejo y descubre su designio de cucaracha.

Las olas vuelven casi siempre galopantes a morir en la orilla, sin peces, sin corales,
sin fuerzas de luchar contra marea, contra vientos, contra la oscuridad perpetua.
Las olas vuelven idénticas y amorfas, caen de bruces a los pies de los amantes…
Y van lavando las cruces, van mojando sus cruces, van sus cruces amando.

¿Cómo pretendes ocultarte entre los vientres inflados de nada?
¿Cómo entre tus manos inmundas profanas mi templo ausente?

Llegas al hueso de la idea royendo un famélico deseo,
como si de tanto velar el santo de las formas,
ellas volvieran listas para devorarnos.

Y de pronto soy el cadáver que yace anidando lechuzas
en las cuencas vacías, tendido entre el mar y la arena,
y vivo escondiéndome en el sueño efímero de las olas
y su vaivén de música infinita…

¡Oh mi Ser! Devuélveme el canto de la vida…






domingo, 16 de julio de 2017

Gala, bálsamo del dolor o Egeria de la locura.

Gala, bálsamo del dolor o
Egeria de la locura.



Gala es como un chorro de luz tras un volcán iridiscente

que engulle desde su magma cuando me mira.
Ahora el cielo es azul con ribetes blancos
pintados con un dedo de azafrán.

En un día total mente nuevo, como un fénix tierno
listo para andar, vapuleado por su impotencia
de encadenarse nuevamente a la quietud.

Desde el ornato balsámico de madreselvas y alelíes
me detienes los pasos que van directos a la locura
y en su lugar me hablas de amor,
del loco corazón prisionero en una jaula de huesos.

Pero encuentro sabiduría en el espejo,
el gay saber que los letrados desoyen. Y te pido tiempo
para entenderme con los míos, con las corbatas viajeras
y los desterrados zapatos. Y también el polvo que viene detrás.

Con el espacio ciego y el tiempo en el pecho,
voy por las calles gritando inconcluso,
entonces, los años me asaltan sultánicos
y he vuelto hoy, tan lejano, apenas,
sediento y con los piojos blancos.

Gala, se ha ido, se ha cansado de mí, del dolor
que significa parir un monstro y esperar, esperar qué,
esperar el tierno metamorfoseado del placer.
El tiempo es para ella medida en una flor, y, tiene prisa.

Gala y su mirada aviesa y su seno inquieto
ya no encontrarán soltura en el viejo puerto del amor
a la brisa de un día de arcoíris sobre el mar.
La belleza le es tan lejana ahora, Gala,
la acuarela tenue del dolor.

Mis malabares con la poesía no significan ya más
que un payaso y un semáforo de la urbe gris,
una mascada se alza titánica y nubla mi ser.
Entonces vuelve la ciudad con su bronce corvo
a plañir tan fuerte en mi interior y caen las falanges
como una pandemia de gusanos níveos en baldosas.

Miro. Sedienta la hoja roja, afila sus fauces en lo alto.
¿Qué quiere? ¿qué busca? Acaso la piedra reclama
el cortejo nupcial a deshora. Soy quien se niega a volver
al altar sepulcral. Los cipreses y su espera convulsa
a distancia quedan enhiestos con otoñal atuendo, frígidos,
esperando en vano el nupcial cortejo.

Mi casillo de naipes se tambalea sobre una cuerda de nudos
como un quipu hereditario, un can roe a prisa las orillas
de sus cuatro suyos. Sé que la hora envuelve
de martirio al reloj. A qué viene tanto tormento.
Sabe mis plantas andantes del finito caminar.

¡Oh Muerte, en qué vientre de líquido aquelarre
se jugó tu suerte, tu sino, en qué senil estatua ocultas tu ira!
Gala, hace fiesta en su sexo y tú, qué júbilos festejas.

Wagner, hace espectáculo con los jirones de mi piel,
los enloda, los purifica, los tira a la negra lluvia,
y hace un terciopelo para cubrir a la sombra.
A ti soberana tumba, qué te aflige.

Entonces veo aparecer tu rostro líquido
suspendido en el espacio corpuscular de la noche.
Te interrogo. Hay entre mi pupila y tu cóncavo párpado
un dilema incognoscible, un juego de azar sublime
que envuelto de misterio acorta nuestras distancias.

Ha sido un efímero sueño. Has sido un sutil
tropiezo del yugo humano. Ahora, cada respiro,
cada traspiración de los poros es un azahar florido.
Sensación que se produce al leve vibrato de tu dolor.

Es media noche y el pez nocturno a puesto con sigilo
su ojo en lo alto, vigila tu faz liquida desprenderse
de mi glándula durmiente, tras el fuego acuoso del esperanto.
Las ninfas han muerto. Heroida, recorre la fosa.

Gala, prístina recorre no solo los dominios del dolor,
sino, balsámica entra en los intersticios de mi ser.
Mi pobre alma desnuda no resiste tal intromisión
y se resquebraja como un cirio apenas temperamental
que espera la ascensión de los clavos religiosos.

Gala. ¡Oh, Gala! mi florido jardín de alelíes y ninfas,
de azahares y esperantos; morirá antes del invierno.
Que loca visión arrebató tu esbelto talle.
-Nada, dices. ¿Pretendes el signo natural de la muerte?
Callas. Por qué callas desesperadamente.

Llega la aurora matutina al dintel de mi cuarto
que cubre su nocturna estancia sigiloso.
Llega con éxtasis de una transición malsana y trashumante.
Invoco en desesperación al fénix de la noche,
al cuervo negro de Poe. Y no hay más
que tus ínfulas llenando el aire.

Ni laurel ni cantos satisface tu locura arrebatada.
Respiras adicción. Ni el propio opio se compara
a tu frenética locura de secundarme desde las falanges.
Tortura que impones cual veneno contra toda ilusión de libertad.

Has vuelto al poeta esquizoide en su juventud,
¿Qué será de sus años de olmo, de bisturí?
¿Qué será de su hambre, de su imaginación? ¿Su sed?
Sumisión + dolor. Sumisión+ hambre = dolor.
Seducción + cadáver. Seducción+ otra vez cadáver = dolor. 

Dónde está la compasión de la muerte hipnótica,
ahora que la mañana desde un sueño proverbial avanza
tras las migajas de un cirio desnudo que se envuelve
en un llanto flamígero dispuesto a quijotesco batallar.

Apagado y humante en los brazos otra ves de la aurora,
sediento, cual mármol rocoso y salino, con las falanges exangües
de náufrago en la orilla opuesta, que vive sueño o delirio,
de cadáver y sombras vuelto a renacer.

He de invocarte desde el sepulcral destino: Gala…

Gala, bálsamo del dolor o Egeria de la locura.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Umbras delirantes


Ahora que las vísceras nos devoran los campos
no hay por qué temer a la muerte.

El unicornio y su cuerno antiguo
nos embrujó con su belleza… ¿lo advertiste.?
El mito se bebió la sesera.

Las sinagogas y las plazas gozarán su canto.
Y desde el cañón el eco acabará
con tu frágil tímpano de esperanza.
 
Hay otras sombras que nos habitan,
se multiplican con el secreto genético
de la oveja que parió un lobo aberrante.

Las guerras las jugamos en una mesa con soldaditos de plomo.
Al otro lado Hiroshima, con cien mil años, jamás tendrá niños.

¡Huye! Las sombras son siniestras danzantes,
pueden cortarte la simiente con una cítara deicida.






domingo, 13 de diciembre de 2015

UMBRAS DELIRANTES

Origen 

LUNA ROJA
www.mundotkm.com 

El cielo desató su manto para verse por primera vez claro; entonces, descendí a la manada en que por primera vez nos juntaríamos desde la última luna roja. Me había descubierto joven, miré a mi compañera y pensé en el doble juego, en el juego doble de nuestros sexos. Sin embargo ─ella y yo, por su puesto─ nos jugaríamos a todo, embistiendo al son de los tambores y negando al celeste cielo, empujando la rueda desdentada hacia el sulfuroso abismo.
Pensaba en el llanto de la vieja estéril y en el Cristo pegado al seno. Sentí rabia (tal vez aversión). Fui contra él. Mi puño contra él. Vencí. ¡Blasfemé tu nombre! Quería el poder de reinos y estados.
De pronto vi la sarna de Job multiplicando pústulas. Apilándose los huesos encenizados al borde de la chimenea, escupiendo mí nombre hacia el firmamento que entonces tocaban mis manos. (La negra sombra solo veía la mordaz figura de un viejo gato lamiéndose, gelatinoso). La tomé encolerizado y volvimos al juego ─ella cedió, como siempre─. Entonces, miré atrás (sobre mi hombro) vi la casa, el palacio de cristal a distancia, mi choza, el palafito infernal. Lloré, lloré un llanto viscoso (dejé de embestir).
¡Soy acaso el vil verdugo de la muerte… Señor!, ¡me has enviado solo contra la muerte! Grité, mientras el cielo vomitaba su perdón de fuego.

Al instante me brotaron nuevas y grandes plumas tornasol mientras danzaba sobre el cuerpo estático de la víctima. Ella yacía sangrante. Los ángeles temblorosos lloraban al hermano que se va… y nació un nuevo día para el hombre.

viernes, 6 de noviembre de 2015

DE LA VIDA (Umbras Delirantes)


Poblar los campos

Orquídea-Perú

Cuando todo se haya acabado
hasta el último hueso de la Tierra,
entonces estaremos listos para amarnos,
listos para deshabitarnos de los males del planeta,
para fecundar los días sin tropiezos.
Y los campos poblaremos por la voluntad de los cuerpos,
seremos seres descabezados: ni venus ni la lechuza ni el dios híbrido
merecerán el altar de la frente y la mejilla.
¡Ningún dios para gobernarnos!
¡Libres al fin! danzaremos al filo de la Tierra.
La virtud vestirá los campos con sus pollerones verdes
de sépalos y filamentos,
incitando otra vez a la vida.

lunes, 2 de noviembre de 2015

UMBRAS DELIRANTES


Esperanza de un Ciprés

"Caminando con ciprés bajo cielo estrellado"
Vincent Van Gogh

Soy el francotirador noctámbulo
siempre
tras el humo rojo del parque o la avenida,
voy hilando el poema;
sobre el trasero gordo de la luna, 
sobre la delicada piel de la muchacha flaca
bajo el signo de la vieja matrona
y la hojita verde
que en el sexo frígido se agiganta.

Tísico y gárrulo la escolto,
cansado, mirando la ufana cola.
Pronto brotará lechoso
el bello orgasmo en la mañana.

Al fin el mástil triunfante del sueño
expulsará su vómito en negras olas,
¡entonces será la vida!
tras el pernicioso llanto nocturno. 

Poemario: Umbras itinerantes

domingo, 13 de septiembre de 2015

EL QUINTO LOCO y otros relatos casi olvidados


Breve itinerario


 A José López Coronado
Chiclayo, domingo 13 de Setiembre de 2015.

Estimado escritor:

EL QUINTO LOCO y otros relatos casi olvidados.
Voy a referirle mi impresión sobre vuestro trabajo que muy gustoso he recibido de Ud. Pero debo comunicarle también que he visto a ese amigo suyo el vivo, a quien muy bien conoce y yo encontré de casualidad o es que él ya lo sabía (por el oficio que ambos conocemos), en mi regreso a nuestra ciudad. Se lo comentaré de la siguiente manera:

Es media noche y el aleteo de la sombra que siempre temo me ha seguido. A penas cierro los ojos, está riéndose en la ventana con una mueca que se multiplica con las otras sombras que se muestran a orilla de la oscura pista.
Tres de la madrugada, el sueño se ha quedado en el primer recodo del embarazoso bullicio de la ciudad en la que pernocto a diario. He decidido mantenerme despierto y ver la muerte a la cara en este nuevo descubrir de ideas, a la caza de una buena historia para humedecer esta noria que poseo en desierto. La sombra se detiene a mirarme desde los picos altos estorbada por la bruma de la madrugada. Observa pasar a gran velocidad el brioso corcel de hojalata allá abajo por la orilla del río y no se inmuta, seguramente será uno más de los que siempre vuelven.
Cinco de la madrugada, permanezco de pie con el torrente congelado en una aldea que empieza a despertarse. Camino o finjo caminar de un lado al otro en la pérgola de la plaza a usanza española. Los deportistas empiezan con su rodeo y sus saltos de calentamiento en derredor del perímetro. He olvidado el propósito del viaje. De pronto está en mí la imagen del hombre que he venido a conocerlo. Su rostro se disipa y estoy parado a mitad de la nada. No están los amigos que crecieron en la infancia, los juegos de la casa ausente. El griterío infinito de los recreos. Las coloridas gentes en un carnaval cualquiera. La mano amiga que se extiende sin dobleces se oculta por algún designio. Y me congelo hasta el último hueso de la osamenta.
Allí entre el frío de la ciudad aparece por fin con su imagen minimizada. Carga su escobilla de Zapatos y todos sus enseres, me mira, me reconoce al instante. Hay camaradería en su trato. Una y otra vez me advierte que pise bien en el tablero. Tengo los pies congelados como para hacer presión. Con un ligero golpeteo de cajón me ordena intercambiar los pies. Él es un hombre andrajoso que disimula desdicha, lo sé, yo soy un hombre que aparenta tranquilidad sobre un océano de incertidumbre. Y él lo sabe también.
Dan las seis y le pedido me acompañe a tomarnos un café y nos alejamos de la pérgola y de la iglesia que empieza a abrir sus murallas. Él sabe que no soy un hombre de fe, se aleja mirando y persignándose con dirección de la Cruz del campanario, aunque esto lo hace para confundirme, él es un gnóstico-naturalista.
Nos llaman la atención al tratar de ingresar con nuestras falsas identidades. Entonces se llena de reverencias ante el moderno establecimiento y me conduce al mercado popular, allí ha vuelto a conversar tan jocosamente que se olvida del joven cejijunto de traje que nos observó despectivamente a la entrada del establecimiento.
Sí, digo al fin. Es él, me ha encontrado y me embarga la alegría. Dan ganas de abrazar al primero hombre que nos saluda, que nos reconoce y se reconoce así mismo en nosotros. De improviso hay una feria en mi interior y le sigo como el niño que se fue y al parecer nunca salió de esta meseta, lleno de candidez. Llega a mí el rumor de las aguas del río, abajo en la ensenada, y los otros ríos con sus aguas claras y frescas que bañarían tempano las almas  de la parte baja del poblado, que él diría que hay buena fortuna en todo esto. Él, el vivo, es decir el hombre que me conduce por los vericuetos de la ciudad con su cajita de lustrabotas para engañar al destino, me ha hecho ver que siempre estuve congelado allí en esa esquina de la catedral esperando su regreso. 
Tomados los cafés nos despedimos. Más tarde vuelto en mí, encuentro al mismo hombrecito deambulando entre la plaza frente a la catedral, es allí donde decido entrevistarme con su autor José López Coronado (Chota 1961). Y contarle de nuestro secreto encuentro con el vivo, a espaldas suyas, personaje que ahora deambula, En mangas de camisa por las frías calzadas de la ciudad, desde muy temprano se filtra en cualquier hombre y está allí atento a los que volvemos en busca de algo, como recién salido del libro de relatos El Quinto Loco y otros relatos casi olvidados-2015. Aunque el estuviera quizás desde la fundación misma de la ciudad y mucho más antes.
Y En mangas de camisa, el relato pórtico en el que se da vida a un personaje inusual, Guillermo Huanambal presentado como el vivo, personaje mimetizado con el narrador, en el que se cuenta episodios del oficio de este hombre que se gana la vida en la cábala, es decir adivinado la suerte y el sino de las gentes que de pronto es el suyo propio, para lo cual tiene que aceptar el maltrato y aun el insulto. Donde la desdicha ha hecho de este hombre un ser impermeable ante la inclemencia de la naturaleza, él ha aprendido a soportar los designios que de ella se emiten y sin embargo sale bien librado, tanto que ni siquiera el clima hace mella en su figura que anda literalmente “en mangas de camisa”. Entre sus cualidades puede rescatarse la perseverancia ante la fatalidad que le ha tocado vivir y dentro de lo que se podría expresar como forma de mitigarlo, es su afán de súper-hombre, que ha renunciado a las comodidades, a los amigos y a las migajas de solidaridad de sus conciudadanos, donde demanda una equidad y un trato justo. Aunque él un hombre ya entrado en años, sea vejado por considerarlo injustamente un bribón.

El vivo,  el hombre avanzado en edad, presenta su historia (que podría recaer y multiplicarse en los seres marginados en todas las ciudades donde se acelera la brecha de la modernidad), en un juego de planos en el que se denuncia el maltrato de estos seres con una cuota reflexiva y pícara.

La historia del relato se desenvuelve en la ciudad de Chota, dado que se mencionan lugares como el Colegio San Juan, lugar donde el autor ha hecho de su profesión una pasión. Y la misma ciudad es mencionada por su autor al final del relato.

Al autor, mi gratitud, por compartir su trabajo y su tiempo a pesar de las prisas de la vida. Y la creación de personajes que pueblan y tejen sus propias historias entre los “vivos”.

No encontré otra mejor manera de expresar mi gratitud y consideración. Y con el Infortunio de Mallarmé me despido:
Por sobre el asombrado hato de los humanos
Agitaban con brillos las salvajes melenas
Los mendigos de azur a pie por nuestras sendas.


Vuestro amigo.

Marcos M. Coronado